miércoles, 5 de noviembre de 2008

Otra versión

Muestro mi poema a Miguel Ángel Campos. Él me escribe:
“Pienso que es preciso un esfuerzo muy grande para no hacer de aquel espectáculo de horror una especie de memorial de agravios y emociones. Quizás el espectador del Holocausto suele ir prevenido ante la literatura, en tu poema siento aquella voluntad de obviar los juicios y los adjetivos hasta preferir casi la pura descripción... Me ha parecido que el Holocausto no es tema del arte, es sobre todo un conflicto que aporta al arte dimensiones ideológicas, los límites entre el mal y la comunicación aparecen en ese caso pugnando entre el silencio absoluto, forma de redención y la necesidad de superar los aspectos retóricos, puramente expresivos del arte. Busca el ensayo de Murena, creo que se llama algo como "La conciliación entre este mundo y el otro", está en la Metáfora y lo sagrado, estas ideas son allí supremas”.

En un primer momento pienso que es lacónico, exagerado. Dudo. Cierro el correo. Vuelvo al poema. Lo masacro. Dudo. Quizá deba repensar el comentario del amigo. El poema se limpia. Queda otro. Sigo dando vueltas a la obviedad del arte, a cómo huir de los memoriales. ¿Tenía razón Adorno, no podía haber poesía después de Auschwitz?
Reescribo:


Fotografían mis pies,
más pequeños ya que los de mi hijo.

La imagen nada explica del frío.
Estábamos en una de las grandes bodegas del Sur,
muy cerca del costillar de un dinosaurio.

Alguien preguntará
porqué llevaba botines arenosos.

No aclara el retrato que me dolían los talones,
que la caminata del día anterior había sido innecesaria.

Habría otras pisadas, ajenas,
en el campo de exterminio cercano a Lublin,
donde persiste una barraca con zapatos.

Se sabe que arribaron entre nupcias sangrantes,
igualados por el barro de los últimos olvidos.

Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,
un tajo de luz.

Recorrí Majdanek con nerviada premura.
Me detuve bajo el ducto ensañado,
mordí los tablones de un catre.

Aún me asombra que pueda preservarse
la consistencia de los odios.

Salí reprendida por la nausea,
más dócil al acaso, a la belleza mutilada.

Ése viaje sucedió apenas quince días
después del otro a los deshielos del Sur.

¿Suponíamos, acaso, que mis zapatos,
fotografiados entre sarmientos,
rastrillarían tan indecibles comarcas?

No hay comentarios: