sábado, 6 de febrero de 2010

4ta veresión, publicada en El Papel Literario

María Luisa fotografía mis pies,

más pequeños ya que los de mi hijo.

 

La imagen nada dice del frío.

 

Estábamos en uno de los grandes viñedos del Sur,

junto al costillar de un dinosaurio.

 

No aclara el retrato que me dolían los talones,

que la caminata del día anterior fue innecesaria.

 

Habría otras pisadas, ilegibles,

en el campo de exterminio cercano a Lublin,

donde persiste una barraca con zapatos:

de hombre, de bebé, de terciopelo,

sucios, muy sucios.

 

Se sabe que arribaron entre nupcias sangradas,

igualados por la consistencia de los odios.

 

Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,

un tajo de luz.

 

(La parentela materna fue de Varsovia,

¿topé con la ceguera de un bisabuelo?)

 

Recorrí Majdanek con nerviada premura.

Me detuve bajo el ducto ensañado,

más dócil al acaso, a la belleza mutilada,

inmune a aquellas suelas aulladoras

que se dislocan, mienten,

rezan en lenguas desahuciadas.

 

El viaje sucedería apenas quince días

después del otro a los deshielos del Sur.

No presentía entonces que mis zapatos

—vigilados entre sarmientos—

conseguirían regresar

de la imprecante cárcava polaca,

del légamo, del ágrafo rencor.

martes, 2 de diciembre de 2008

Tercera versión



María Luisa fotografía mis pies,
más pequeños ya que los de mi hijo.

La imagen nada explica del frío.
Estábamos en una de las grandes bodegas del Sur,
muy cerca del costillar de un dinosaurio.

Alguien preguntará
porqué llevaba botines arenosos.

No aclara el retrato que me dolían los talones,
que la caminata del día anterior había sido innecesaria.

Luego habría otras pisadas, ajenas,
en el campo de exterminio cercano a Lublin,
donde persiste una barraca llena de zapatos
—de hombre, de bebé, de terciopelo,
provenientes deHolanda, Bélgica, Francia, Grecia,
de los distritos polacos de Lublin y Bialystok.

Se sabe que arribaron entre nupcias sangrantes,
igualados por el barro de los últimos olvidos.

Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,
un tajo de luz.

(Mi parentela materna fue de Varsovia,
quizá me topé con la ceguera de un bisabuelo).

Recorrí Majdanek con nerviada premura.
Me detuve bajo el ducto ensañado,
mordí los tablones de un catre.

Aún me asombra que pueda preservarse
la consistencia de los odios.

Salí reprendida por la nausea,
más dócil al acaso, a la belleza mutilada,
incapaz de soportar el vocerío de aquellas suelas huérfanas
que con el tiempo se han llovido de rencor.
Gritan, carraspean, rezan en lenguas desahuciadas.

Ése viaje sucedió apenas quince días
después del otro a los deshielos del Sur.
No sabía entonces que mis zapatos
—fotografiados entre sarmientos—
rastrillarían tan sedientas e indecibles comarcas.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Otra versión

Muestro mi poema a Miguel Ángel Campos. Él me escribe:
“Pienso que es preciso un esfuerzo muy grande para no hacer de aquel espectáculo de horror una especie de memorial de agravios y emociones. Quizás el espectador del Holocausto suele ir prevenido ante la literatura, en tu poema siento aquella voluntad de obviar los juicios y los adjetivos hasta preferir casi la pura descripción... Me ha parecido que el Holocausto no es tema del arte, es sobre todo un conflicto que aporta al arte dimensiones ideológicas, los límites entre el mal y la comunicación aparecen en ese caso pugnando entre el silencio absoluto, forma de redención y la necesidad de superar los aspectos retóricos, puramente expresivos del arte. Busca el ensayo de Murena, creo que se llama algo como "La conciliación entre este mundo y el otro", está en la Metáfora y lo sagrado, estas ideas son allí supremas”.

En un primer momento pienso que es lacónico, exagerado. Dudo. Cierro el correo. Vuelvo al poema. Lo masacro. Dudo. Quizá deba repensar el comentario del amigo. El poema se limpia. Queda otro. Sigo dando vueltas a la obviedad del arte, a cómo huir de los memoriales. ¿Tenía razón Adorno, no podía haber poesía después de Auschwitz?
Reescribo:


Fotografían mis pies,
más pequeños ya que los de mi hijo.

La imagen nada explica del frío.
Estábamos en una de las grandes bodegas del Sur,
muy cerca del costillar de un dinosaurio.

Alguien preguntará
porqué llevaba botines arenosos.

No aclara el retrato que me dolían los talones,
que la caminata del día anterior había sido innecesaria.

Habría otras pisadas, ajenas,
en el campo de exterminio cercano a Lublin,
donde persiste una barraca con zapatos.

Se sabe que arribaron entre nupcias sangrantes,
igualados por el barro de los últimos olvidos.

Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,
un tajo de luz.

Recorrí Majdanek con nerviada premura.
Me detuve bajo el ducto ensañado,
mordí los tablones de un catre.

Aún me asombra que pueda preservarse
la consistencia de los odios.

Salí reprendida por la nausea,
más dócil al acaso, a la belleza mutilada.

Ése viaje sucedió apenas quince días
después del otro a los deshielos del Sur.

¿Suponíamos, acaso, que mis zapatos,
fotografiados entre sarmientos,
rastrillarían tan indecibles comarcas?

domingo, 19 de octubre de 2008

Primera versión



A María Luisa Ríos,
cómplice de travesías


María Luisa fotografía mis pies,
más pequeños ya que los de mi hijo.

La imagen nada explica del frío.
Estábamos en una de las grandes bodegas del Sur,
muy cerca de la huella de un dinosaurio.

Dijo que esa foto sería mi historia.
Alguien preguntará luego
porqué llevaba botines arenosos.

No aclara el retrato que me dolían los talones,
que la caminata del día anterior había sido innecesaria,
que un tropel de designios me crujía en las arterias.

Luego habría otras pisadas, ajenas, en Majdanek,
el campo de exterminio cercano a Lublin,
donde la hierba creció a regañadientes
y persiste una barraca
con zapatos que gimen condenas.

Se sabe que aquellos calzados
—de hombre, de bebé, de terciopelo—
arribaron entre nupcias sangrantes,
igualados por el barro de los últimos olvidos.

Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,
un tajo de luz.

No lo hubiera soportado María Luisa,
los de su album son zapatos que se bifurcan,
éstos se quedaron atascados en la desesperanza.
Provenían de Holanda, Bélgica, Francia, Grecia,
de los distritos polacos de Lublin y Bialystok.

(Mi parentela materna fue de Varsovia,
quizá me topé con la ciega calle de un bisabuelo).

Majdanek es un museo de pudores.

Lo recorrí con nerviada premura.
Entré en una cámara de gas,
me detuve bajo el ducto ensañado,
mordí los tablones de un catre.

Me asombra que pueda preservarse
la consistencia de los odios.

Salí reprendida por la nausea,
más dócil al acaso, a la belleza mutilada,
incapaz de soportar el vocerío de aquellas suelas huérfanas.
Con el tiempo se han llovido de rencor.
Gritan, carraspean, rezan en lenguas desahuciadas.

Ése viaje a Majdanek
sucedió apenas quince días
después del otro a los deshielos del Sur.
No sabía entonces que mis zapatos
—fotografiados entre sarmientos—
rastrillarían tan sedientas e indecibles comarcas.