martes, 2 de diciembre de 2008

Tercera versión



María Luisa fotografía mis pies,
más pequeños ya que los de mi hijo.

La imagen nada explica del frío.
Estábamos en una de las grandes bodegas del Sur,
muy cerca del costillar de un dinosaurio.

Alguien preguntará
porqué llevaba botines arenosos.

No aclara el retrato que me dolían los talones,
que la caminata del día anterior había sido innecesaria.

Luego habría otras pisadas, ajenas,
en el campo de exterminio cercano a Lublin,
donde persiste una barraca llena de zapatos
—de hombre, de bebé, de terciopelo,
provenientes deHolanda, Bélgica, Francia, Grecia,
de los distritos polacos de Lublin y Bialystok.

Se sabe que arribaron entre nupcias sangrantes,
igualados por el barro de los últimos olvidos.

Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,
un tajo de luz.

(Mi parentela materna fue de Varsovia,
quizá me topé con la ceguera de un bisabuelo).

Recorrí Majdanek con nerviada premura.
Me detuve bajo el ducto ensañado,
mordí los tablones de un catre.

Aún me asombra que pueda preservarse
la consistencia de los odios.

Salí reprendida por la nausea,
más dócil al acaso, a la belleza mutilada,
incapaz de soportar el vocerío de aquellas suelas huérfanas
que con el tiempo se han llovido de rencor.
Gritan, carraspean, rezan en lenguas desahuciadas.

Ése viaje sucedió apenas quince días
después del otro a los deshielos del Sur.
No sabía entonces que mis zapatos
—fotografiados entre sarmientos—
rastrillarían tan sedientas e indecibles comarcas.

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