
A María Luisa Ríos,
cómplice de travesías
cómplice de travesías
María Luisa fotografía mis pies,
más pequeños ya que los de mi hijo.
La imagen nada explica del frío.
Estábamos en una de las grandes bodegas del Sur,
muy cerca de la huella de un dinosaurio.
Dijo que esa foto sería mi historia.
Alguien preguntará luego
porqué llevaba botines arenosos.
No aclara el retrato que me dolían los talones,
que la caminata del día anterior había sido innecesaria,
que un tropel de designios me crujía en las arterias.
Luego habría otras pisadas, ajenas, en Majdanek,
el campo de exterminio cercano a Lublin,
donde la hierba creció a regañadientes
y persiste una barraca
con zapatos que gimen condenas.
Se sabe que aquellos calzados
—de hombre, de bebé, de terciopelo—
arribaron entre nupcias sangrantes,
igualados por el barro de los últimos olvidos.
Se sabe que la muerte recupera una simplicidad,
un tajo de luz.
No lo hubiera soportado María Luisa,
los de su album son zapatos que se bifurcan,
éstos se quedaron atascados en la desesperanza.
Provenían de Holanda, Bélgica, Francia, Grecia,
de los distritos polacos de Lublin y Bialystok.
(Mi parentela materna fue de Varsovia,
quizá me topé con la ciega calle de un bisabuelo).
Majdanek es un museo de pudores.
Lo recorrí con nerviada premura.
Entré en una cámara de gas,
me detuve bajo el ducto ensañado,
mordí los tablones de un catre.
Me asombra que pueda preservarse
la consistencia de los odios.
Salí reprendida por la nausea,
más dócil al acaso, a la belleza mutilada,
incapaz de soportar el vocerío de aquellas suelas huérfanas.
Con el tiempo se han llovido de rencor.
Gritan, carraspean, rezan en lenguas desahuciadas.
Ése viaje a Majdanek
sucedió apenas quince días
después del otro a los deshielos del Sur.
No sabía entonces que mis zapatos
—fotografiados entre sarmientos—
rastrillarían tan sedientas e indecibles comarcas.
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